Se ha hablado
mucho sobre cómo, en estos tiempos de asolación, de distanciamiento social y
salir a hacer la compra una vez a la semana, Animal Crossing: New Horizons ha
sido una bendición caída del cielo. Yo la verdad es que me lo he pasado y sigo
pasando bien con tanto post, vídeo e imagen de los miles de isleños que
comparten sus vidas. Gente que ha recreado arcades, la isla convertida en
Onett, trajes personalizados que te permiten disfrazarte de Cyndaquil, bullying
a los aldeanos feos… Todo divertidísimo.
Pero.
Están los
nabos. El mercado de los nabos es un quiebro en el tono amable y distendido de
Animal Crossing. Es el mercado de valores en forma de verduras, una inversión
que haces conocedor del riesgo: puedes gastar 10.000 bayas en nabos y no
recuperar ni la mitad, o comprar el doble por la mitad y hacerte rico. Nunca se
sabe, pero exige que estés atento y actúes con cuidado. A esto se suma que veo
por Twitter circular posts de afortunados cuyas islas compran nabos a precios
desorbitados diciendo que abren las fronteras a cambio de algo, ya sean tickets
u objetos exclusivos. Es el mercado, amigo, contaminando una isla que, se
supone, iba a ser un paréntesis del horror de la vida real. Es cierto que
también hay páginas hechas por fans que vienen a ser un Ebay versión furra para
comerciar con distintos ítems de Animal Crossing, pero eso ha nacido de la
propia comunidad.
Los nabos
existían antes de que nosotros llegáramos.
Por supuesto,
Animal Crossing sigue siendo el mismo juego, una experiencia ligera y divertida
para cualquiera que desee saber lo que es vivir en paz, si es que eso es
posible. Los nabos no son más que una pequeña parte que sólo aparece un día a
la semana y ni siquiera las 24 horas.
Pero.
Ahí están. La
necesidad de ganar, de tener, de la ganga. Competición en un juego donde no
compites, la necesidad de correr e ir a más, invertir y arriesgar. Yo sólo
quería pescar en mi pequeña isla.














